jueves, 9 de agosto de 2007

Watchmen - La perfección llevada al comic

Escrita por Alan Moore y dibujada por Dave Gibbons, Watchmen es una serie limitada de 12 números publicada originalmente por DC Comics entre 1986 y 1987.

A continuación un excelente análisis realizado por Ignacio Armada en julio del 2000.

"El profesor Einstein dice que el tiempo cambia de un lugar a otro. ¿te lo imaginas? si el tiempo es falso. ¿Para qué sirven los relojeros?"

En un universo alternativo, aparentemente muy semejante al real, es asesinado El Comediante, un antiguo superhéroe convertido en mercenario a sueldo del gobierno americano. La investigación que inicia Rorschach, otro vigilante que actúa de forma clandestina desde que los superhéroes fueron declarados fuera de la ley por el Acta Keene del 77, sirve para introducirnos en una historia en la que retrospectivamente se nos habla de un mundo en el que existió un grupo de héroes clásicos, denominados Minutemen, que fueron reemplazados años después por otra reunión de encapuchados que hoy viven retirados.

El universo delineado para ellos es de corte realista y psicológico, y a través de la acción vamos cerciorándonos de que su existencia oscila entre los lo trágico y lo patético, incluso paro el Dr. Manhattan, un personaje de poderes cósmicos inimaginables. Psicologías anormales y dañadas, y sin embargo, a su modo, justificables e incluso heroicas. La muerte de uno de ellos va poco a poco revelando una trama de dimensiones paulatinamente más trascendentales, hasta un clímax en el que sobre la Humanidad entera se cierne el peligro inminente de un holocausto nuclear.

Los vigilantes son a su vez vigilados por una inteligencia calculadora y letal, que les aportará la justificación final para sacrificar su existencia por algo más grande que todos ellos y que los ideales que tratan de encarnar. Por entonces, en entrevistas en Comics Scene, The Comics journal o Amazing Heroes, Moore insistía en la necesidad de una "profundidad emocional" y de realismo en los cómics, en la obligatoriedad por parte del guionista de ejercicios de autoanálisis para escribir sobre aquello en lo que prefieres no pensar, en la constatación de que el horror y la angustia son parte de nuestra cultura y se han conformado como un "tótem del siglo XX".

También se proclamaba partidario de lo emotivo y lo intenso, argumentando que era obligatorio ser original para remediar el que los cómics dejen de acumular tópicos sobre sus propios géneros. Esta es la mejor definición que se puede hacer del espíritu que habito en Watchmen. Un espíritu que fue fruto de la colaboración entre guionista y dibujante, que aportaban en ambas direcciones sugerencias y matices. Los guiones de Moore son hoy legendarios; hace tiempo se publicó en España sólo la descripción que hacía de una viñeta de transición en un número de Miracleman... y ocupaba dos páginas de texto! Pero tanta información y tan pormenorizada fue además revisada y corregida por Gibbons, y según sus propias palabras, a partir del número 3 de Watchmen el proyecto había cambiado por completo, adquiriendo unas dimensiones mucho más fabulosas.

Estamos ante uno distopía -como lo era Batman. El Señor de lo Noche-, ante una especulación muy meditada de un tiempo alternativo en el que todo parece semejante pero no igual, desde los edificios hasta la moda en el calzado, porque la existencia de los Watchmen lo ha alterado todo. Los poderes del Dr. Manhattan han permitido ganar en Vietnam, pero la existencia de El Comediante ha permitido que Kennedy sea igualmente asesinado, y que Nixon y Ford sean reelegidos, mientras el rol del héroe clásico, representado por los Minutemen, ha sido intercambiado por la pesadilla de la racionalidad y de la ley, merced a la existencia de los Watchmen.

Y éstos mismos son ratas de laboratorio en su propio ámbito, ratas que conservan en su fuero interno "una urgencia animal para luchar, que nos hace ser lo que somos", y llevar "una vida de conflicto, sin tiempo paro los amigos. Así que, cuando todo acaba, sólo nuestros enemigos dejan rosas". Esa urgencia que les hará también tomar partido, aunque sea sólo para justificar un final que tenga un sentido paro cada uno de ellos. Redención a Través de la abyección. Lo inusual en Watchmen fue precisamente la acumulación de talento en las diversas labores que hacen de una historio algo planificado que guionista y dibujante trabajan de forma perfectamente imbricada.

Una de las características clásicas de Moore, la puesta en escena, fue estudiada al detalle. En Watchmen asistimos a segundos términos e incluso fondos que desarrollan historias paralelas, todas ellas con un significado global dentro de la narración. Incluso se permitieron sus creadores alardes gratuitas pero repletos de alegoría, como la historia de piratas que lee un adolescente en un kiosco (Tales of the Black Freighter, un cómic de Joe Orlando de los 50) cuyas viñetas se van intercalando a lo largo de varios episodios.

En Watchmen, los sucesivas capítulos también iban suministrando diferentes géneros populares tratados para encajar en una misma estética. El episodio de Rorschard es cine negro, pero el del Dr. Manhattan se acerca a la hard science-fiction, y comunica al lector una sensación de criogenización emocional, un mensaje sensitivo de que la inmensidad del cosmos desvelada nos remite a la inconsistencia de nuestros parámetros humanos y a la indiferencia del universo que nos rodea. La física cuántica ha sido el ultimo escalón para comprender que ni siquiera el concepto de "ley" en las ciencias experimentales es otra cosa que una palabra más, como la ley que defienden los vigilantes a aquella que los pone a estos mismos "fuera de la ley". Porque, en definitiva, la inestabilidad de nuestras emociones no es más que un espectáculo banal e intrascendente que dimana de un universo en el que la falta de equilibrio sostiene la alucinación de un deseado orden.

La secuencialidad, base del Séptimo y del Noveno Arte, se convierte en Watchmen en una marca de estilo, no sólo por la vocación cinematográfica que tienen Gibbons y Moore de resolver los encuadres de las diferentes escenas, sino también por una forma peculiar de montaje emotivo cada vez que el monólogo interior de un personaje ahonda en sus recuerdos y en flashes de su memoria sensitiva. Las secuencias de alejamientos y acercamientos graduales a personajes se alternan con otras en las que viñetas, a modo de foto fija, juegan un papel metafórico o simbólico, en intensos encadenados de palabras y formas aisladas.

Watchmen es un resumen de las posibilidades creativas de Alan Moore, y en la serie comparecen o se ausentan significamente hallazgos de series previas y posteriores del guionista inglés. El original uso de textos complementarios al cómic, que en Watchmen son informes sobre el Dr. Manhattan, artículos de prensa sobre los vigilantes, fragmentos de las memorias de uno de los Minutemen o entrevistas de periódicos a alguno de los protagonistas; comparece de nuevo en la Liga de los Caballeros Extraordinarios en forma de relatos que remedan el estilo literario de los creadores de novela de aventuras como Rider Haggard. La alteración de las perspectivas de V de vendetta se convierte en Watchmen en una alteración del tiempo, el juego de utilizar las contraportadas para ir suministrando información en clave o iconos -que en V de vendetta son anticipos de la intriga y en la Liga de las Caballeros Extraordinarios se limita al remedo de publicidad decimonónica de época-, hacen pensar en una idea del cómic, como objeto global, mucho más rica y amplia de aquello a la que se nos tiene acostumbrados. Igualmente luce el estilo de Moore para redondear inicios y finales, como lo era con rotundidad su ultimo Miracleman; el juego de simetrías visuales en V de vendetta o La cosa del Pantano, que en Watchmen es un leitmotif; el variadísimo uso del encuadre y del plano -transiciones de unas a otras secuencias con imágenes en paralelo, como en Batman: La broma asesina-, los primeras planos con voces fuera de campo, los importantísimos planos-detalle, los movimientos graduales de perspectivas, opuestos pero complementarios a las extrañas angulaciones en V de Vendetta, etc... Y por encima de todo ello, un sentido del guión clásico, fundamentado en una proverbial sentenciosidad, y trufado de referencias culturales -Shelley, John Cole, el cine de CF de los 50, Jung, Einstein, Nietzsche, El libro de job- como en V de vendetta eran Fausto, El Mago de Oz, o los poemas de Blake-, demostrando que también la cita literaria es susceptible de aparecer en un comic.

Y, sin embargo, Watchmen tiene mucho de narración tradicional, en la que no se emplean splash-pages, en la que conciben las viñetas y el diseño de página de modo rutinario. El trazado es realista y desapasionado, el color descriptivo e incluso anodino, con gamas ocres y pardas que rozan lo vulgar. Nada más lejos que pensar que hay en ello un punto de impericia: el Watchmen gráfico es el soporte adecuado para un cronometraje complejísimo y de alcance intelectual abierto o la especulación sin fin: flashbacks, personajes atormentados, juegos de espejos y estructuras y armonías que se cierran y abren a través de doce números, en escala potencialmente inacabable.

Las claves de lectura sociocultural que se le han aplicado han ido pasando por los propios pulsiones sociológicos de sus lectores, y si en un comienzo se dictaminó que el lema que se le podía atribuir era el de una disección de la neurosis del (super)héroe, posteriormente se fomentó la visión reivindicativa y pseudocomprometida de la denuncia del fascismo, para posteriormente, en los últimos años, sesgarse hacia la importancia de los elementos abstractos, de la parcelación y manipulación de espacio y tiempo. Lo que hoy, transcurridos tres lustros, resulta cuanto menos reduccionista e incluso pacato es tratar de ceñirse a la interpretación de crítica socio-política que el mismo Moore potenció en su momento. Watchmen no es el alegato anti-Reagan que algunos pretendieron, o al menos no es sólo eso. La reflexión política, con el paso del tiempo, se ha convertido en parte del paisaje. La grandeza final de la serie reside esencialmente en su hálito trágico y (anti)heróico, en esa sensación que transmite de asistir a un espectáculo más grande que la vida.

Es curioso comprobar cómo o través de ella se aprecia cómo los tres ejes esenciales de Watchmen residen en sus tres personajes con una definición más poderosa y más que humana (El Comediante, Rorschach, Dr. Manhattan) con poderes o personalidades al margen de lo real o incluso de lo humano. A ellos los complementan los otros tres protagonistas, hasta cierto punto sus valedores, sus opuestos o sus complementarios (Ozymandias, Sally Júpiter, Búho Nocturno). Una de los pruebas de lo que es una evolución real de los diferentes actores es precisamente cómo la narración de las relaciones entre éstos y los otros van aportando diferentes facetas de las personalidades de cada uno de ellos, de manera que cada pocos números nuestro veredicto va corrigiéndose una y otra vez hasta crear en el lector un colapso moral respecto a las acciones de todos ellos, situándonos en tierra cero.

Y de forma maestra, el bucle psicológico temporal quedó espléndidamente cerrado cuando advertimos que sobre la primeras imágenes de la historia -la chapa ensagrentada con el smiley del Comediante, con el testimonio en off del diario de Rorschach- se traza un círculo que abarca los doce números y que finaliza con el plano detalle de la camiseta con un smiley manchado de ketchup del redactor del New Statesmen, mientras la mano de éste se posa sobre el diario de Rorschach en el que se narra toda la verdad. Durante toda la serie, el enigma de quien asesinó al Comediante ha sido el mcguffin para introducirnos en una historia de dimensiones colosales y cósmicas, con un final de justicia poética en grado sumo.

Watchmen corresponde a una época dorada de la cultura popular, a unos años en los que todos creímos que por fin la novela de género y los cómics habían legitimado su presencia entre sus hermanos mayores y se veían recompensados con una atención por parte de los medios de comunicación, que finalmente fue tan efímera como la que hoy reciben otros ámbitos que sólo son pasatiempos. Hoy en día, con sus numerosos premios y sus más de cuatro millones de ejemplares vendidos, es una pieza insoslayable de la Historia del Cómic y de la cultura occidental del fin de siglo.

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3 comentarios:

Pablo dijo...

fue un post largo de leer el de hoy jaja salu2.
www.loencotreenlaweb.blogspot.com

Pablo dijo...

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Anónimo dijo...

justamente un final poetico. Rorschach es el martir de la verdad y de los pobres hombres sacrificados.

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